La muerte de Mary Moon

II

             En diciembre de 1968 todo parecía en ebullición, el país, el mundo, San Francisco, el universo semejaba un caldero al fuego en el que tarde o temprano saltarían burbujas candentes, pompas de aire peligrosas que si reventaban descubrirían en su interior espejismos inestables. La expectación del viaje del hombre a la Luna, la amenaza comunista, los trastornos no curados de la segunda Gran Guerra y ese idealismo de vida que estábamos abonando cada vez con más empeño dejaba volar la imaginación más allá de lo razonable, convirtiendo las mentes de algunos hombres en perturbados paraísos en los que su realidad cotidiana mezclada con la insensatez los convertía en monstruos aislados y desconocidos.

                Para John todo iba perfecto, su mundo de prosperidad subía como la espuma sin que nadie se interpusiera, todos los que se acercaban a él ganaban algo y eso lo hacia un tipo estimado y popular. Para Mary las navidades suponían todo lo contrario, la lejanía con su familia y el rechazo de la de su prometido la llevaban inexorablemente a que esa fuese una época de tristezas añadidas. Dos antagonismos con predisposición a arremolinarse sin remedio.

Como todos los viernes John fue a tomarse una copa al Hotel que lo había visto crecer en Sutter Street, allí se sentía en su salsa además de envidiado y querido, y ningún hombre puede negarse a sí mismo un poco de diversión.

-        Señor Barry, que alegría verlo, ¿lo de siempre?

-        Si Tom, gracias.

El bar estaba animado como era costumbre a esas horas, pero el camarero no tardó en acomodarlo y servirle su bourbon favorito al mismo tiempo que comenzaba a ponerlo al día de las novedades que se cocían en la ciudad.

Cuando Mary se quedaba desatendida, ni los regalos calmaban su alma, su otra personalidad, la creada contraria a los valores religiosos, la convertían en ese diablillo travieso que saciaba sus anhelos con imprudencias mundanas, salía entonces a los locales más selectos de San Francisco buscando quien pudiese cubrir el hueco del banquero, y ese día la discusión habitual con su prometido por la falta de atenciones en esas fechas la llevó inexorable al bar del Sir Francis Drake.

                     El tranvía pasaba por la entrada de hotel haciendo sonar su campana de aviso cuando el muchacho de color con traje rojo y sombrero negro como un Beefeaters de la Torre de Londres carbonizado le abría las pesadas puertas de cristal. No pudo contenerse y examinó la belleza natural de Mary de arriba abajo con la sutileza de quien puede ser reprendido, ella lo sabía y disfrutaba provocando esa sensación de humillación en los hombres que los lleva sin remedio al servilismo, por eso continuó moviendo sus caderas por todas las salas y los pasillos del hotel exhibiendo su abrigo de cachemir abotonado a la izquierda, sus guantes a juego y su gorro de piel de armiño que dejaba entrever algunos mechones de su cabello dorado y a una mujer de exquisitez y categoría extremas, todo más blanco que las nieves de Yosemite en invierno. Al entrar al bar la mayoría de los hombres de la sala la observaron, excepto John, o por lo menos eso pensó ella, que no sabía que no necesitaba girar su cabeza para controlar la escalerita de entrada al local, siempre se sentaba estratégicamente a la derecha de la barra frente al espejo y desde ahí curioseaba cualquier rincón del lugar, casualmente la única banqueta que quedaba libre era la que estaba justo a su izquierda, ella se dirigió con ese aire noble con el que las actrices hacen su aparición en escena hacia el asiento de cuero nacarado con la aldaba plateada en su respaldo, se despojó de los guantes, el abrigo y el gorro y se sentó junto a John. Le llamó la atención que no se inmutara lo más mínimo por su presencia.

-        ¿Qué le sirvo señorita?

-        Lo mismo que él.

              El camarero conocía bien a John y tras la respuesta lanzó un guiño cómplice que fue ignorado con precisión militar, sabía bien que estrategia tenía que utilizar - porque como ya os he dicho, John conocía muy bien a las mujeres, a todas-, aunque sus ojos color caramelo desarbolaran cualquier arma, aunque fuese una mujer que convertía en fuego el hielo y a cualquier hombre en una marioneta movida por los hilos de sus deseos, él permaneció ajeno, impasible pero consciente del temperamento salvaje que aparcó a su lado, dando lo contrario que provocaba, desatención. Qué mujer se resiste a eso, a provocar y recibir indiferencia, era como ponerse ante un toro vestido de rojo, como lanzar un hueso a un perro o como que los salmones no remonten contracorriente el río para desovar, un invitación irrechazable.

La cortina que cubría el pequeño escenario del bar se abrió y con ella se esfumó el silencio que los envolvía como una cúpula, ese que duró minutos  pero parecían horas, ese que ambos querían romper pero sus orgullos impedían, ese que fue destruido por la música.

-        No puedo quitar mis ojos de ti.

-        ¿Cómo?

-        La canción de Frankie Valli.

-        ¡Ah! Si, la conozco, preciosa.

              Ella continuó con su aire de indiferencia, él no quiso precipitarse, las conquistas más trabajadas eran las más placenteras y todas se rendían a sus encantos cuando mostraba sus virtudes: elegancia, tacto, experiencia, dinero y alegría, sobre todo alegría, lo que más necesitaba Mary en esos momentos.

-        Eres demasiado bueno para ser verdad.

-        ¿Cómo?

-        Así comienza la canción.

                La inesperada e inteligente réplica de Mary desbrozó el rostro de jugador de póker y plasmó en su cara una sonrisa abierta, espontánea y fresca, tan sincera que ambos comenzaron a reír aliviados por la finalización de la pantomima previa, esa que todos los nacidos en circunstancias duras llevan a cuesta para siempre.

Tras las presentaciones todo fue como la seda, como si se conociesen no de toda la vida sino de toda una serie de vidas anteriores, como si ese momento estuviese escrito en las estrellas y se repitiese en diferentes tiempos y diferentes universos.

                 Ya nada importaba, no había pasado, sólo presente, no hubo remilgos ni pensamientos oscuros, John empleó todos sus recursos y la llevo al pequeño restaurante Italiano que hay en Columbus con Grant, ella se dejaba dirigir como un velero en la tempestad, disfrutando de las olas y el viento, la sinergia los obligaba a sucumbir el uno al otro, y así fue, los días y las semanas siguientes fueron una continuación de la maravillosa velada de Salvatore's, John ya no era un experto cazador sino un afecto adicto.

                Ninguno fue el mismo tras el encuentro, algo fugaz pero profundo, sin explicación pero con consistencia, cadenas deseadas, amor al instante que dicen los expertos en sentimientos, él estaba tan entusiasmado que mi padre pensó que por fin le había hecho caso y Dios había acabado su obra dándole lo último que necesitaba para tener una vida dichosa y plena. Nunca olvidó la cena del día de Navidad de aquel año, su cara de felicidad, la que contagian los amigos verdaderos y por eso nosotros tampoco relegaremos su recuerdo.

              El paraíso se instauró en la tierra, la clave de ello era la intimidad y el secretismo de su relación, por eso sólo unos pocos fueron los agraciados en conocerla, no querían que nadie estropeara esos momentos de dicha plena, así que vivieron su presente alejados de las interferencias no casuales de su entorno, incluidas la de su viejo amigo Thomas.

                 Fue un invierno y una primavera favorables para todos. Tiempos duros y alegres antes de la amarga coincidencia.

 

 

 

Juan Fco. Cañada

 

Obras

 

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