Cinco kilos de mierda.

CINCO KILOS DE MIERDA

 PRIMERA PARTE

 

La noche estaba como siempre; cargada de ese aire novelesco y desafiante, sumida en la contradicción que ampara las fechorías y los deseos más ocultos.

La jornada comenzó mal; recogí a una gorda sebosa y la llevé a casa de su novio; ¿Qué como lo sé?, porque no paró de hablar y sudar todo el camino, porque me contó su vida en los quince minutos que duró el viaje; no me dijo de qué color llevaba las bragas porque no tuvo un segundo más, menos mal. Fue la carrera más rápida de mi vida, creo que batí el record desde  Chamberí a Fuente del Berro. Salió a recibirla al portal un canijo en bata con gafas de culo botella; el adonis seguro que estaba consumido por la charlatana, su aspecto famélico mostraba a un ser atrapado por los vicios de su compañera. Dios los cría, y ellos se juntan. Ni una propina, ni un “gracias”; en cuanto vio al maromo, lo estrujó y se metido en el portal como alguien que precisa de su dosis de sexo diaria; ya me podría haber dado algo por aguantarla y escuchar su perorata como un padre confesor. Salen de trabajar a las tantas, deseando desahogarse con el primero que encuentran y aguanta su verborrea incontrolada; sus indómitas ganas de sacar la podredumbre que han soportado en esas largas jornadas por una porquería de salario, les puede como al niño ansioso por abrir el regalo de Reyes o la portera que está loca por largar el chisme del día a todo el que pasa. No los soporto, ni a ellos, ni a sus excusas.

No puedes arriesgarte, si por el día estaba complicado, la noche se vuelve insegura exponencialmente; los yonkis son tontos del culo, con esa cara de martirizados que parece el neón de un puticlub de carretera pero anunciando su despropósito, piensan que los vas a recoger, están listos. Me divertía gritándoles ¡Anda y que te den por culo, mamón! o cualquier otra barbaridad, era como un desahogo.

Le iban a robar a su padre. Maldita basura, los tenía calaos a todos; las calles se llenan de escoria cuando la luna esconde su canto; borrachos, macarras, putas, traficantes, sodomitas, niñatos malparíos, drogatas y pervertidos, lo peor de lo peor pasea su hedor por la noche; unos que regresan y otros que salen al amparo de los demonios.

Me volví a la parada de la Calle Ríos Rosas, el barrio parecía un cementerio, pero era mejor atender una llamada, que arriesgarse con los que pululan por ahí a estas horas.  Conecté la radio, es la única compañía decente a las cuatro de la madrugada; el tostón nocturno de siempre sobre revelaciones íntimas de almas solitarias que ha tenido una experiencia extraña; casi me duermo, doy una par de cabezazos, de pronto un sonido metálico golpeando el cristal de la ventanilla me despierta del leve trance.

-        ¡Joder!, qué susto.

De donde habrá salido el yupi éste.

-        Está libre.

-        ¡Si, coño!; digo no; ¿para qué?

-        A ver si te aclaras, ¿estás tonto o que te pasa?; ¿está libre o no?

¿Qué le digo al figurita este ahora? Antes de que me piense la respuesta, me ofrece un trato que no puedo rechazar.

-        Doscientos machacantes por llevar este maletín a Ortega y Gasset, 59.

No lo dudé ni un segundo, con esta carrera me podía ir a casa; compensaba con creces la mala racha, no hay chollos tan buenos en las jornadas nocturnas.

-        Sube.

-        Sólo el maletín. Te estarán esperando en la puerta.

Abrí la ventana lo suficiente para que dejara caer el bulto en el asiento delantero; una cartera grande de piel gris a dos tonos cerrada tan sólo con cremallera, muy lujosa y atractiva.

El gachó memorizó mi cara y el número del taxi y me advirtió del incumplimiento del acuerdo.

-        Tienes treinta minutos. Si el maletín no llega  a su destino, no te imaginas lo que le va a pasar al taxi; pero contigo dentro.

Me cagué cuando me dijo eso, y ahora no me podía negar, el paquete estaba en el coche. La cosa ya no parecía el chollo del siglo. Lo tranquilicé y me puse en marcha. Salí de la parada cagando leches, quería llegar lo antes posible al destino, pero la suerte se trunca; me tocó la serie de semáforos en rojo.

Mientras iba pensando, atento al volante, todo estaba controlado, la mente estaba distraída, pero en una de las paradas obligatorias, el estómago comenzó a generar una sensación de ansia e intranquilidad, algo muy parecido a ese incontrolable deseo que tienen los niño viendo una tarta, de meter el dedo y probarla; no hacía nada más que echarle un vistazo a la lujosa cartera, y cuantas más veces me paraba, más ganas me entraban de mirar que había en ella.

La noche es mala consejera. La mente ociosa traiciona más fácilmente. Me repetía una y otra vez que no había que complicarse la vida, al mismo tiempo que otra voz sorda y martilleante, me decía lo contrario: “quién se va a enterar”. Hasta que cinco semáforos en rojo después, ganó el puto lado oscuro de la fuerza. Soy un tío como cualquier otro, lleno de defectos y esperanzas, así que como es natural en estos casos, los instintos primarios eclipsaron a la razón, no prevaleció la cordura.

Me desvié al Parque del Retiro y me detuve a cobijo de la oscuridad frondosa, no paré el motor, mi intención no era quedarme con la mercancía, sólo satisfacer mi curiosidad insana. La cremallera se atascaba un poco, el continente se resistía a abrirse con manos extrañas; al final se rindió, hurgué en el interior como cuando lo haces bajo la falda de una mujer, como si descubriese ese secreto húmedo y caliente, con ganas de experimentar el placer de lo furtivo, de lo prohibido y  noté el tacto blando y suave de un bulto plástico; ya me parecía a mí; los dioses se siguen riendo de este pobre asalariado; si fuesen billetes de quinientos todavía me hubiese arriesgado, pero por una bolsa de farlopa, ni de coña, si no me entrullaba la policía me cortarían los cojones los traficantes.

Parecía Carlos Sainz en el Rally de Los Mil Lagos, calles, cruces, giros, semáforos, rotondas, nada se resistía a mi pericia, tenía que llegar antes de que pasara la media hora y ya sólo faltaban cuatro minutos para que se cumpliese el plazo. La cosa se complicaba, el tiempo dejaba caer los granos del reloj en mi contra, como si fuesen rocas aplastando mi suerte, y una patrulla de los municipales apareció en escena. De donde habrán salido; cuando los llamas, no los encuentras, y ahora “toma castaña”. Hay que joderse con el puñetero destino. El que ha nacido para ser un desgraciado, ya puede hacer malabarismos que si el camino se tuerce no hay manera de enderezarlo. Tuve que aflojar la marcha, se colocaron a mi lado en un cruce y me miraron; lo primero que pensé es que sabían que me había pringado,  el corazón se aceleró y las gotas de sudor me corrían por la espalda; el acompañante me sonrió e hizo un gesto de complicidad con la cabeza, entonces entendí que era mi miedo el que estaba provocando ver fantasmas donde no los había; respondí con una media sonrisa, mas  parecida al rictus  de una apoplejía, que a la connivencia animosa de quien se preocupa por mi protección. Giraron en la calle siguiente y volví a apretar el acelerador, era demasiado tarde; cuando llegue al destino no había nadie.

Estuve más de una hora esperando, no quería cargar con ese marrón, se me pasaron toda clase de ideas por la cabeza: dejar el maletín en el portal, tirarlo a un contenedor, llevarlo a la comisaría, quemarlo, un montón de chorradas inútiles propiciadas por la frustración, el miedo y la angustia. Justo cuando decidí largarme a casa para contárselo a mi mujer, un viejo con pinta de esnob gay toca con un bastón en el techo del vehículo.

-        Hola muchacho, ¿tienes un maletín de piel gris para el 59 de esta calle?

-        Sí. Ya era hora. He perdido media noche con esto.

-        Si hubieses sido puntual, no hubieses tenido que esperar. Hay que asegurarse.

El pájaro cogió el maletín y me soltó otros cien euros en el asiento por las molestias creí que por fin todo acababa y que al final la noche sería redonda, al marcharme, las ruedas derraparon del acelerón. Cuando llegue a casa no me lo podía creer, trescientos boniatos por un paseo nocturno; esto de hacer de mula parecía rentable.

No me tocó turno de noche hasta dos semanas después; el ayuntamiento juega a su antojo con las rotaciones, alguien debe estar untando al que controla el tema.

Yo esperaba y temía que me volviese a pasar algo parecido, por un lado si te sueltan ese dinero, terminas la noche rápido y por el otro si te pillan, adiós vida. Tenía la cabeza hecha un autentico caos; me decía a mí mismo que era mejor así, al mismo tiempo que deseaba con sed lujuriosa que apareciera el traficante.

Agradecimiento al artista, Marcos Cañada, por su ilustración desinteresada.
Agradecimiento al artista, Marcos Cañada, por su ilustración desinteresada.

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