En el cielo de París

Ascendimos al cielo de París,

el día resplandecía claro.

Sentí los fluidos batir,

lo que mi ser ha sembrado.

 

¿“Quieres vivir a mi lado

el resto de tus días”?,

cuestioné encadenado

pues su respuesta sabía.

 

El silencio sonó a llanto

dichoso, ardiente y calmado;

a felicidad completa,

a beso de enamorados.

 

Y te cogí con mi alma,

conciencia, esencia,

aliento, voluntad y guía,

para hacer del todo mía

el agua de mi desierto.

 

Que los candados se rompan,

que los ciclos sean eternos,

que bendigan los hallados

para fraguar el momento.

 

Y se sello nuestro pacto,

erigido con buen cimiento,

con un amor soberano

que no arrastra ningún viento.

 

Quiéreme, te quiero,

bésame, te beso;

piérdete en mi deseo,

sin dudarlo, yo me pierdo.

 

El instante no se fuga,

ni lo quebranta el tiempo,

queda clavado en la cuna

que arrulla nuestros sueños.  

 

Y se fundieron los soles,

y la altura fue paisaje

que dibujo primaveras

como canto sempiterno.

 

Y se amarro el infinito

a lo absoluto, a lo tierno;

como la flor al sarmiento,

como las velas al Céfiro. 

 

 

 Juan Fco. Cañada

Obras

 

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