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"No hay que temer a los que tienen otra opinión,
sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla." Napoleón I

 El momento de la involución.

 

 Cuantos ejemplos y consejos y que poca connivencia hemos procurado para con sus enseñanzas y predicciones de futuro.

Desde los personajes que más han marcado la historia presente y pasada hasta los interlocutores más irrelevantes, siempre se nos ha transmitido un mensaje que no hemos sabido recibir o que no hemos querido aceptar.

Decía el profesor Ludwig von Mises que “el supuesto de toda acción, es pasar de un estado menos satisfactorio a otro de mayor satisfacción”, si este principio se aplicara sobre la máxima de que la satisfacción plena llega favoreciendo el colectivo y no el individuo o el ego, tal vez los valores en los que se sustenta la civilización actual dejarían paso a otro concepto revelado desde la antigüedad cuando la supervivencia del grupo era la del individuo. Por esto, plantearse la cuestión de si es el momento de la involución de la evolución no pienso que sea exagerado.

Los acontecimientos actuales y nuestra historia reciente, nos permiten reflexionar sobre la circunstancia de que los sistemas de relaciones sociales que compartimos  y que nos permiten vivir en comunidad (y que a priori parecen efectivos) están perdiendo ese sentido y por lo tanto el cambio se presenta como evidente y necesario. ¿Pero cómo podemos conseguir un cambio tan radical que nos lleve a pensar más en el ser humano en su totalidad como una unidad como parte del planeta que lo contiene y no como elementos de preferencias individuales y del culto al yo?

Esa chispa, que no lo sería tanto, se presentaría como catástrofes de magnitudes relativas pero conexas en tiempo e influencia, detonando la conciencia colectiva como ya ha pasado en otras fases de la historia reciente.

Parece una paradoja que un daño magnificado, la merma de ventajas, la dilapidación reiterada de recursos o cualquier otro perjuicio a gran escala nos vincule más de lo que nos 'tendría' que separar, y nos proporcionen esas alternativas como colectivo que no somos capaces de valorar en tiempo de prosperidad, por lo que es obvio que un estado exagerado de bienestar, el sentido adquirido de riqueza y necesidades básicas sobradamente cubiertas nos individualiza al punto de que egocentrismo sea el modelo referencia.

El egoísmo es inherente al ser humano, consubstancial con él y motor de su vida. No hay propiamente un egoísmo bueno y uno malo. Egoísmo bueno y egoísmo malo son juicios de valor, categorías sobre las que puede haber o no acuerdo. El egoísmo es, simplemente es. ¿Se puede enfocar para conseguir el bien colectivo? Partiendo de ideas básicas como las del hombre primitivo “el bien del grupo es el mío”, parece que sí. Ideas que no estaban corrompidas por una ambición que es sana si no se convierte en codicia. ¿Parece esta reflexión idónea? Usted dirá.....

Evítese cualquier asociación política de conceptos en esta lectura, un pensamiento en este sentido tiene sus componentes de 'adoctrinamiento', influencia social o educación  que nos apartaría de la reflexión a la que nos lleva este artículo, y el egoísmo asociado a doctrinas políticas, que normalmente fluye inexorablemente por nuestra mente como el torrente sanguíneo por las venas, se me antoja imprescindible de silenciar.

En esa linea la invitación a conseguir lo que quieres por cualquier medio y el pensamiento de auto engaño social es que no nos demos cuenta por el resto de nuestra vida que somos esencialmente egoístas, e interiormente, nos reconocemos egoístas aunque la imagen que transmitamos sea la contraria, justificando así nuestro egoísmo aunque critiquemos y despreciemos el ajeno con continuos reproches  y condenas hacia los demás, negando lo que es intrínseco en todos. Criticamos al mundo por no ser altruistas cuando la tendencia personal suele ser al individualismo.

Tal vez tengan que ocurrir muchos acontecimientos, y que la mente “involucione evolucionando”, para realmente conseguir una sociedad que piense más en los que vendrán que en los que estamos.

Desde Jesús que sólo condenó a las personas que se creían mejores que los demás (Lucas 18:9-14) son muchos los que alzan su voz y descubren sus ideas al mundo revelando un sentimiento de preocupación por la perdida de conciencia colectiva basada en el “amor al prójimo”. Es evidente que no se expone el tema desde el punto de vista de pertenecer a un colectivo, un partido político o a una religión, sino que hablamos de “supervivencia como especie” (muy entre comillas).

El amor al prójimo definido como el respeto hacia nuestro congénere y el interés por su bienestar, entrando casi en una obsesiva inquietud, debería ser el camino que consiga el objetivo de nuestro propio beneficio, aunque sea por una mera cuestión de 'egoísmo'. Parece contradictorio, pero deseando el bienestar ajeno (si todos actuamos igual), consigo el propio.

De lo dicho surge que resulta anodino espantarse y rasgarse las vestiduras ante la mención de la palabra egoísmo como el peor de todos los males.

Que los filósofos revisen sus propios juicios de valor y que no pretendan imponernos los suyos como dogmas absolutos e irrefutables para conseguir una definición propicia y beneficiosa del concepto sacando partido a lo que hoy por hoy parece lejano pero conveniente sería el comienzo de un cambio sustancial en los modelos de sociedad ya que conseguiría aplicar un significado con apariencia de perjudicial a una idea de “amor al prójimo” como herencia de futuro generacional.

La sociedad actual nos plantea diariamente más necesidades que cubrir, necesito un coche, un móvil, una televisión, una casa, un aparcamiento, más dinero, más y mejor comida y bebida, ropa nueva, perfumes y un sinfín de conceptos materiales que no aportan en esencia y en forma satisfacción plena, este planteamiento nos lleva a un descontento constante con la propia existencia para entrar en el círculo vicioso de continuas carencias, sacrificando así la felicidad que proporciona la riqueza del “que no necesita nada” y ensalzando la proporcionada por el que “más tiene es más feliz”, (nos es mas rico el que mas tiene sino el que menos necesita).

Luchar contra esas directrices que nuestra mente recibe voluntaria o involuntariamente a diario, enfocando ese sentimiento que se produce de egoísmo hacia el “beneficio colateral”, contribuiría a lograr el objetivo de conciencia universal.

Existen tantos dichos y máximas que no nos aplicamos y solo exigimos a los demás que cuando las ponemos en práctica es difícil que sintamos realmente lo incalculable de sus beneficios: “De ordinario lo que aborrecemos en otros lo aborrecemos por sentirlo en nosotros. No nos molestan aquellos defectos que nosotros no tenemos” (Miguel de Unamuno),“no desees a otro lo que no quieres para ti” (dicho popular), “Aquel que procura asegurar el bienestar ajeno, ya tiene asegurado el propio” (Confucio), “Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro” (Platón),“Casi nadie repara por sí mismo en el mérito de otro” (Jean de la Bruyère), “Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros” (Albert Einstein) y así una lista interminable de consejos de grandes pensadores, personas inteligentes que han conseguido mucho pero no lograron lo que parece tópico, inculcar esos valores como pilares educativos.

Esta “quimera” me gustaría que fuese posible, ha sido la visión de algunos privilegiados y la venda de muchos que solo ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, personas que en su ignorancia no conciben que “la peste egoísta ha derrumbado los mayores esfuerzos revolucionarios. Hoy podemos decir que no es posible una Revolución si el individuo no entiende que sólo en sociedad se puede realizar, que se beneficia sólo si la sociedad se beneficia”(Antonio Aponte). Entendiendo el esfuerzo revolucionario y la revolución como un bien mayor que el que plantea el autor.

La fractura del ser humano con su prójimo, excepto en grupos reducidos, lleva a pensamientos catastrofistas que como individuos ni nos planteamos, sobre todo desde una situación de comodidad.

La religión y la política no han sido capaces de satisfacer las necesidades como conjunto, como especie, solo han conseguido un adoctrinamiento de las masas para su manipulación favoreciendo el ego de unos pocos, personajes que exigían un sacrificio a los demás que no propiciaban en sí mismos, por ello Sófocles compone que “la obra humana más bella es la de ser útil al prójimo”, es evidente que todavía nadie ha pintado este cuadro con la suficiente grandeza como para que perdure.

El único sentido de la religión debe ser confortar el espíritu del ser humano y el de la política satisfacer las necesidades de los ciudadanos en un entorno de convivencia. El servidor público y el religioso deben entender, si a ello se dedicaran, que sus ejercicios solo pueden estar basados en un comportamiento de autentica vocación de servicio y no de continua búsqueda de privilegios, prebendas, dinero y primacías.

Las sociedades perfectas no son La Iglesia y el Estado como planteaban los conceptos neoescolásticos del Concilio Vaticano II, pero tampoco se consiguen con las ideas propuestas por Tomás Moro en su obra Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova InsulaŪtopia,ya que en mi opinión, cuando calca algunos conceptos platonianos de La República adultera su sentido al introducir el pensamiento de que la propiedad común de los bienes es rentable para la comunidad. Platón hace especial énfasis en la educación y la justicia bien aplicada e impartida como pilares fundamentales de una sociedad “perfecta”.

No se trata del sentido de sociedad perfecta como ente que no tiene defectos y necesidades, sino como consecuencia de una formación educativa que imprima el valor de ayuda y preocupación por lo común y por el prójimo como base de sus relaciones y pilar de la idea de civilización.

Al igual que un león cuando caza una gacela no se ve como una bestia despiadada sino como un ser poderoso que realiza un acto de exigencia natural, el individuo y el egoísmo innato que comporta han de entenderse como una asociación beneficiosa para la comunidad y su desarrollo, aportando ideas que contribuyan a su bienestar para pensar en éste como fin último.

Leonardo da Vinci como filosofo humanista y renacentista ilustre (isimo), ya retomaba la idea de la “involución”, en este caso hacia lo clásico, aunque este ejemplo puede resultar ambiguo, la idea de minimizar las necesidades y retomar conceptos ya planteados por ilustres pensadores que no se preocupaban de las numerosas distracciones materiales con las que somos bombardeados constantemente hoy en día puede parecer trivial pero en su significado mas profundo y simple es cuando adquiere su verdadero valor.

La adquisición de roles en los cuales nos creemos imprescindibles para el conjunto del grupo también nos hace perder la perspectiva de lo que es beneficioso para el prójimo como esencia del bien colectivo pensando que son ellos los que nos necesitan y no nosotros los que necesitamos de los demás a través de una aportación a la totalidad.

En estos momentos de cambio acelerado y énfasis en la globalización y la cultura de la universalidad para los estudiosos no deja de ser frustrante comprobar que aún persista en numerosas organizaciones la aplicación de modelos rígidos incompatibles con los principales valores intrínsecos del ser humano desde que este tuvo conocimiento de sí mismo tanto en su entorno como en su cultura, procesos o estructuras organizadas particulares o gubernamentales en la mayoría de los casos que anteponen intereses partidistas personalizados en individuos que están en franca contradicción con los supuestos que pretenden difundir.

En el extremo opuesto, sin embargo, también es necesario insistir en los riesgos que conlleva la calca en nuestro entorno por simple moda o una inocente creencia en sus bondades inherentes de modelos desarrollados en ambientes culturales e ideológicos de dudosa reputación o que bajo el disfraz de un falso humanismo son en el fondo más rígidos y explotadores del ser humano que los anteriores.

Aportar un grano de arena para que la filantropía sea la base de la educación en los términos que solicito y no una mera limpieza moral de gobiernos o personas parece una utopía, pero si la chispa que detonara la conciencia general fuesen estas letras y no la crisis económicas o espadas blandiendo al viento entonces podríamos decir que el ser humano alcanzó su madurez como especie.

El ser humano es un ser social, es un ser histórico, es un ser encarnado de una realidad y es allí donde se manifiesta como ser de posibilidades, por lo tanto prefiero creer que el camino a la 'individualización' como sujetos de mente egocéntrica tiene vises de cambio, y confío que los acontecimientos que nos lleven a la toma de ese “entendimiento del todo” no sean dolorosos y la máxima de que el bien justifica los medios no sea de aplicación.

Te deseo mucha suerte 'serhumano', aunque solo sea por egoísmo.

 

                                                                                                     

 

 

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